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martes, 4 de marzo de 2014

Aullidos en la noche

Se movía en la jungla de asfalto con soltura y en la espesura del bosque con destreza felina, un ser dual, racional y animal. Sin embargo, a diferencia de otros miembros de su clan, él había preferido abrazar la civilización, integrarse con los humanos, a los que sus homólogos odiaban con toda su alma. El también los odiaba, a casi todos, entendía perfectamente a sus compañeros, pero al mismo tiempo encontraba en la insulsa compañía de esos bípedos una distracción y algo que le atraía poderosamente. Quizás se le podría llamar superioridad, ver las cosas desde una atalaya privilegiada le colocaba en una posición de ventaja. Bien es cierto que la mayoría de las veces no necesitaba hacer uso de sus facultades especiales, los humanos eran tan contradictorios que ascender en la escala social era algo tan sencillo como subir unas escaleras.

El llevaba años integrado, en la ciudad de Tokio. La coexistencia de millones de personas en un espacio tan limitado facilitaba sus labores de mimetización y rastreo de presas cuando el hambre se apoderaba de él. Normalmente era capaz de controlar sus instintos básicos y cuando no era así prefería huir a los bosques de los alrededores en busca de presas animales. La razón era simple, el momento en que se hacía dueño de una presa humana era algo sublime, apretar el cuello de la víctima con sus mandíbulas, saborear el viscoso líquido filtrándose entre sus colmillos, mientras el pulso del humano se iba debilitando entre oleadas de pavor reflejadas en sus ojos, hasta que el corazón dejaba de latir. La sensación de poder era tan grande que apenas podía reprimir el instinto animal que tiraba de él con una fuerza descomunal para seguir cazando, sin hambre, solamente por el hecho de sentirse superior y satisfacer sus ansias innatas de depredador.

Así que tiempo atrás se había autoimpuesto la regla de oro número uno: jamás cazar humanos, aunque estos fuesen pobres criaturas que viviesen en la indigencia, a las cuales quizás les hiciese un favor arrebatándoles la vida y mandándolas al más allá. Desde el momento en que se lo propuso esa regla se convirtió en algo inviolable, la había llevado a rajatabla y de eso hacía ya bastantes años. Era conocedor de que entre sus congéneres no todos seguían este principio, sobre todo aquellos que vivían en los núcleos urbanos, como él. Los que vivían en medio de la naturaleza, rodeados de animales y aislados del hombre, raras veces se acercaban a las ciudades para cazar, tenían de sobra en su hábitat natural y consideraban un riesgo innecesario adentrarse en la jungla de asfalto que apenas conocían, con los peligros que reportaba la civilización.

Pero de vez en cuando leía en los periódicos o en Internet noticias que hacían referencia al ataque brutal del que había sido objeto algún pobre ciudadano. Era fácil reconocerlo. El móvil encajaba a la perfección con el modus operandi de los de su especie: nada de robos o atracos, simplemente la víctima aparecía despedazada, desangrada a mordiscos, a veces con miembros amputados, pero en ningún caso se echaban en falta objetos personales como cartera, joyas o relojes... Las fuerzas de seguridad estaban convencidas de que algún asesino en serie, o varios, llevaban años operando y haciendo de las suyas. Incluso se hablaba de bandas de dementes que actuaban con nocturnidad, al cobijo de las sombras, con una habilidad especial para moverse y asestar el golpe. Algunos manejaban la teoría de que se trataba de asesinos profesionales o exmilitares entrenados para matar que, vaya usted a saber por qué motivo, habían perdido la cabeza y se dedicaban a la caza nocturna. Nunca se había hallado siquiera una sola pista, un mínimo rastro, nada en absoluto, lo que reforzaba la idea de comandos especiales o asesinos profesionales que estaban muy mal de la cabeza.

Normalmente, los crímenes tenían lugar en los arrabales de la gran ciudad, donde la vigilancia policial era escasa, aunque a veces se producía algún asesinato en la zona centro de la ciudad y era entonces cuando las autoridades entraban en cólera, sintiéndose amenazadas, y poniendo durante un tiempo todos los cuerpos de vigilancia en estado de alerta máxima. Hasta que pasaban las semanas y cesaba o se amortiguaba la sensación de peligro.

Pero él no era de ese estilo, se había hecho una promesa a sí mismo y no tenía intención de volver a cazar humanos. Cuando sentía la presión de la sangre se echaba al monte y se reunía con sus hermanos. Éstos le miraban con recelo, como si en cierto modo fuese un ser superior, por el hecho de poder convivir con los hombres sin ser descubierto, pero manteniendo al mismo tiempo sus cualidades felinas intactas. Y lo cierto es que era realmente superior. Un ejemplar especialmente dotado, con un físico extraordinario. De hecho, si había algo que realmente le mantenía pegado al asfalto era ese otro tipo de caza, el de la seducción de las hembras humanas. Era un divertimento que le hacía hervir la sangre y en ese sentido sí que era insaciable. Si trabaja en uno de los grandes edificios del centro de Tokyo, como uno de los ejecutivos mejor pagados, rodeado de idiotas y gente hueca más de diez horas al día, era simplemente por la necesidad material de obtener un sustento, eso que los simples humanos llamaban salario. El suyo era un señor salario y le permitía moverse en todo tipo de ambientes y dedicarse al acecho y degustación de miembros femeninos de la especie humana. Cuando se apoderaba físicamente de una de esas criaturas, a veces más de una y de dos en la misma noche, se sentía más cerca de la especie humana, como si en ese acto animal encontrase su gen de homo sapiens sapiens perdido sabe dios dónde. Esa era la paradoja, cuando intimaba con las mujeres sentía que una parte de su ser animal se diluía entre las sábanas, en las escaleras, en el coche o donde quiera que consideraba oportuno degustar su presa.

Nunca se le había resistido mujer alguna y pese a ello disfrutaba de la fase de acecho a la presa casi tanto como del festín. Por supuesto, era un amante que no admitía comparaciones con los hombres, tan pobremente dotados para el amor. No era sólo una cuestión de superioridad física, sino sobre todo espiritual. Podía sentir en todo momento las sensaciones que estaba experimentado la mujer con la que entrelazaba su cuerpo, sabía cuando aquella iba camino del éxtasis, sabía prolongar el momento, sabía regodearse en el placer del eterno disfrute, era como si leyese en un libro abierto todas las sensanciones y los deseos de cada una de aquellas criaturas. Lo leía tanto en sus ojos como en sus pensamientos, como en sus movimientos y sus espasmos de placer.


Por eso, se había impuesto una segunda regla de oro: jamás compartiría con una hembra humana más que el acto sexual. Quedaban totalmente prohibidas las relaciones de parentesco, de familia o aquella tontería que los humanos llamaban noviazgo. Por supuesto, la sola idea del matrimonio le hacía revolver sus entrañas animales. Eso se aplicaba también a las hembras de su especie, con las que curiosamente no podía experimentar el mismo éxtasis que con las humanas, pero que por contra le ofrecían una visión y una comprensión que jamás encontraría en los bípedos urbanitas. Era un lobo solitario. 

3 comentarios:

  1. esto es publicable en serio. estoy teniendo ahora mismo una visión: comic sobre tu cuento, muñecos, peli de marvel, vete a registrarlo ahora mismo. hay que presentarlo.

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    1. JAJAJA Nostradamus, seguro que te pusiste hoy a los Judas.
      Pues sí molaría escriber un comic sobre el rollo este.

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    2. Sería muy buena idea lo del comic. No se animaría Alba a realizar las viñetas?

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