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martes, 18 de marzo de 2014

Lazos de sangre

Los candidatos entraron en la penumbra de la caverna, precedidos por su sombra, el respeto y en algunos casos el miedo. El olor a hierbas aromáticas invadía la estancia y disimulaba la humedad reinante en la profundidad de la roca. Un coro de esbeltas mujeres, solo ataviadas con túnicas translúcidas que apenas disimulaban sus jóvenes y deseables cuerpos, oficiaban de embajadoras para los candidatos mientras estos esperaban la llegada del sumo sacerdote. Este se hacía esperar como si su presencia fuese requerida por algo más que la esencia humana, como si la invocación de algún ente espiritual fuese necesaria para que se materializase entre todo el coro de seres allí presentes.

Las adoradoras del templo empezaron a entonar un cántico que resonaba en los recovecos de la piedra, elevando los ánimos e insuflando vigor al espíritu de los presentes. Cuando el coro de voces llegaba a la cumbre en un agudo interminable que parecía desembocar en una especie de éxtasis, un hombre de larga barba blanca y ropajes que le llegaban hasta los pies hizo su entrada de manera majestuosa. Las mujeres seguían con la vista al frente, inmersas en su catarsis, como en otra dimensión, mientras que los hombres hincaban la rodilla en el frío y duro suelo, incapaces de sostener la mirada escrutadora del sumo hacedor de hechizos.

La fama precedía al viejo hechicero. Se decía de él que era capaz de mover rocas del tamaño de una casa sólo con el pensamiento, que podía abrir las aguas como hacían los antiguos para que pasase un carro entre ellas sin que siquiera le salpicase una gota, que era quien de hacer llover a los cielos cuando las campos estaban sedientos, que podía engendrar hijos en cualquier mujer sólo con mirarla sin siquiera rozar sus cabellos y que podía manejarlas a su voluntad sólo con la fuerza de su mente, obligándolas a entregarse a él plenamente, sin restricciones, fuese cual fuese su orden.

Los que entraban en la cueva corrían un grave riesgo, eran conscientes de ello y lo asumían como contrapartida al presente que podían recibir a cambio. Qué eran unos cuantos años de vida a cambio de poder lograr la vida eterna? El fracaso sólo significaba acortar la existencia en este mundo imperfecto, mientras que el éxito suponía alcanzar la gloria en vida y traspasar muros y realidades únicamente al alcance de los dioses. Por ello, todos los años al comienzo de la primavera siempre había candidatos para arrodillarse delante del gran sacerdote, hombres que ansiaban relegar su vida rutinaria y elevarse sobre las miserias del mundo, a pesar de que todos ellos sabían que las probabilidades de alzarse victoriosos eran escasas, como ratificaban las cifras de desaparecidos en los intersticios de la cueva sagrada año tras año.

Pero esta vez el número de candidatos había superado lo habitual. Las guerras habían devastado el país, el hambre hacía presa en la población y las enfermedades se extendían por los poblados como el viento que penetra entre los muros de paja de las casas. El número de candidatos superaba la docena, a pesar de que previamente se habían realizado duras pruebas de selección que habían dejado fuera de concurso a decenas de postulantes.

Las voces femeninas cesaron repentinamente en su sensual cantinela cuando el viejo hechicero se situó en su lugar en el centro del círculo formado ahora por el cortejo de adoradoras. Levantó los brazos y el poder que emanaba de él se adueñó sin contestación de los allí presentes. Sólo el discurrir del agua entre las rocas rompía la monotonía del silencio. Paseó su mirada por los candidatos, lentamente, uno tras otro, evaluándolos, como si los traspasase con sus ojos, adivinando lo que se escondía detrás de cada uno de ellos, sus intenciones, sus deseos, sus ambiciones, su maldad y su bondad.

Todos sabían en que consistía el ritual y esperaban con inquietud el comienzo del mismo, evitando así echarse atrás antes las duras pruebas que les aguardaban. Pero eso no fue óbice para que el viejo les soltase una arenga digna de un profeta:

-         Hoy os habéis congregado muchos aquí... O sois unos necios o bien tenéis mucha confianza en vosotros mismos... Pero no importa cuáles sean las razones, el espíritu divino de la cueva sabrá leer en vuestros corazones. Sé que algunos sucumbiréis fácilmente a los placeres de la carne, pobres diablos. Otros, sin embargo, pereceréis ante la tentación de la codicia y el egoísmo. Sea cual sea vuestro pecado, el resultado será el mismo: la muerte! Aún deseáis seguir adelante? Osáis presentar vuestras pobres credenciales ante mi poder onmipotente? Hablad malditos o salid corriendo de esta estancia antes de que os fulmine como a esclavos!!


Todos los voluntarios permanecieron con la cabeza gacha y sin pronunciar palabra, excepto uno menudo y de cabello ralo que osaba levantar la vista, como pensado lo qué hacer. Inmediatemente el sacerdote clavó su mirada en él. Su reacción no se hizo esperar, se levantó con agilidad y encaró la salida de la cueva a la carrera. Pero antes de que pudiera alcanzar la luz del sol dos panteras ocultas en las sombras cayeron sobre el incauto, seccionándole el cuello de un solo tajo y regodeándose en el festín de su sangre. El sacerdote sin prestar más atención al suceso que al vuelo de un insecto, prosiguió con voz penetrante:

-         Ya ha caído la justicia sobre el primero de vosotros. Algún valiente más? Bien, procedamos pues con las pruebas. Hermanas!

Ante su llamada las discípulas se movilizaron, cogiendo de la mano a los arrodillados, una por cada hombre. La mayor parte de ellos trataban de fijar la mirada en el suelo, como si mirar para las bellezas semidesnudas pudiera causarles la muerte fulminante. Las jóvenes desaparecieron con sus acompañantes entre las sombras, mientras el viejo sacerdote extraía de su túnica unas hojas de arbusto estimulantes que mascaba con parsimonia y deleite.

En la quietud de la cueva se empezaron a escuchar gemidos de placer emitidos por las mujeres de blancas túnicas y de cuando en cuando algún que otro aullido desgarrador proveniente de las gargantas de los postulantes. Al cabo de una media hora las sensuales mujeres comenzaron a retornar a la estancia sacerdotal, unas acompañadas y otras en solitario. Las primeras venían con gesto hosco, mientras que las segundas traslucían en su rostro satisfacción y alborozo, como un goce eterno e inagatable. El sacerdote hizo el recuento.

-         Falta Artesia, que alguien vaya a ver lo qué pasa, ahora.

Una de las concubinas que había regresado sin compañía se adentró de nuevo en las profundidades de la cueva y aminoró el paso con sigilo al acercarse a la estancia en la que debería encontrarse la tentadora presencia de su compañera. Oyó un murmullo de voces y entonces se arrimó a los fríos muros, tratando de entender lo que allí estaba pasando.

-         Querida hermana, no me reconoces, soy Eufrates, nos criamos juntos! Como es posible que me hayas olvidado?
-         Déjate de tonterías, yo no tengo hermanos, esta es mi familia. Ahora centrémonos en lo nuestro, el sacerdote espera mi presencia y no me puedo demorar más – dicho lo cual la muchacha se despojó de la túnica mostrando un cuerpo de piel de marfil, senos pequeños, firmes y puntiagudos y anchas caderas. El hombre que tenía delante tragó saliva, tentado ante la enorme sensualidad de la mujer, hizo un gesto como de impotencia, se levantó y cuando parecía que iba a abalanzarse sobre la muchacha para poseerla, levantó el brazó y la abofeteó fuertemente.
-         No juegues conmigo, somos sangre de la misma sangre! Es que no lo entiendes? Tenemos que salir de este lugar, antes de que den la alarma y esas sucias hienas se echen sobre nosotros
-         Yo no voy a ir a ninguna parte, este es mi hogar y me debo al sacerdote! – gritó la muchacha con mirada extasiada
-         Te digo que te calles! Te vendrás conmigo, ahora mismo, nuestros padres están desesperados y no te dejaré aquí para que ese viejo cabrón abuse de ti

Dicho esto el hombre, de fiero rosto y anchos hombros, agarró por la muñeca a la que pretendía que fuera su hermana y la arrastró a empujones hacia la salida. Pero su paso se vió cortado por la ´súbita aparición en el umbral del viejo sacerdote, arropado en la retaguardia por todas las sacerdotisas.

-         Déjeme pasar, maldito viejo pervertido, esto toca a su fin, todo el pueblo sabrá quién es usted y a lo que se dedica en este lugar! Sus días de lujuria y abuso se han terminado.
-         No me hagas reir, pobre estúpido. No eres nadie y has mancillado mi casa con tu insultos. En cuanto a ella, sí, efectivamente, un día fue tu hermana, pero ya no lo es, créeme. Ahora su cuerpo y su espíritu pertenecen a la diosa de la cueva, ella misma así lo ha escogido. Así que nada tienes que hacer aquí, más que morir – y co un gesto de su cabeza, mirando a la muchacha, dio su orden.

Aquella emitió un grito de terror y furia y se abalanzó sobre su hermano, clavándole la dentadura en el cuello, abriéndoselo a mordiscos. La sangre salía a borbotones, mientras el hombre incrédulo y con los ojos desorbitados trataba de comprender qué estaba pasando. Demasiado tiempo para la contemplación. En apenas segundos el resto de las muchachas se lanzaron sobre él como felinos, unas a las piernas, otras a los brazos, otras a sus testiculos. Las fuerzas del muchacho iban cediendo, sus piernas curvándose ante el peso de la osamenta y la muerte, a medida que las concubinas lo iban desmembrando. Una mano al suelo, un brazo, los ojos... Hasta que pronto sólo quedó un gran charco de sangre en el suelo y un amasijo de huesos mezclados con vísceras, en los que las discípulas engullían como una manada de animales salvajes. 

4 comentarios:

  1. Guau! Vaya final. Mucho lazo no veo...
    Muy bueno.

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    1. Bueno, como casi todo en la vida, depende del momento, unas veces se está más afortunado que otras.

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  2. buen cuento vpower, los tienes que reunir todos juntos y editarlos.

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    1. Aún necesito unos cuantos más y luego a la Planeta jajaja

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