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jueves, 8 de mayo de 2014

Tratamiento de belleza

-Seguro que no entraña ningún riesgo, doctor?
-Ninguno, señora, ya se lo he dicho, para nosotros es tan fácil como para usted prepararse unas tostadas
-Eso es precisamente lo que me preocupa, que me pasen por el tostador…
-En todo caso, supongo que contará usted con un seguro que le cubrirá con contra cualquier improbable, por no decir imposible, error o incidencia negativa
-Que me pagen unos cientos de miles de euros por quedar transfigurada no me da mayor tranquilidad. Solo tengo un rostro y la verdad es que le tengo mucho aprecio
-Sinceramente, si tanto temor le produce un simple inflado de botox y un abrillantamiento de la piel, no entiendo como está dispuesta a someterse a la operación
-Porque quiero estar perfecta, es así de simple
-Y lo estará, créame. Yo personalmente me encargaré de realizar la operación. Si quiere le puedo detallar mi curriculum? Por si se le escapa algún detalle
-No tengo tiempo para disertaciones. Está decidido. Para cuando, doctor?
-Déjeme consultar mi agenda… Normalmente el tiempo de espera para este tipo de operaciones es superior a la media, es un proceso más complejo, que requiere
-Para cuándo, doctor?
-Está bien…, que le parece el martes de la próxima semana? A las 9 de la mañana. Será usted la primera del día
-La primera víctima. De acuerdo, apúnteme.
-Listo. Deberá hacer un ingreso en nuestra cuenta por 20.000 eurs en las próximas 48 horas, de lo contrario nos veremos obligados a cancelar la operación, siento ser estricto en este tema pero es necesario dotar una importante cantidad de fondos para equipamiento y personal
-Pero, no decía que era una cosa sencilla? Como echar mermelada en las tostadas o algo así?
-No, señora, creo que no me ha entendido del todo bien. Nosotros lo hacemos sencillo –dijo el doctor recalcando el uso de la palabra nosotros



-Enhorabuena, señorita Pepis, la operación ha sido todo un éxito. Puede comprobarlo usted misma. Acérquenle el espejo, por favor. A lo largo del día todavía notará los efectos de la anestesia, no se preocupe, es normal. En cuanto al brillo, todavía es pronto, quiero decir que la sustancia que le hemos inyectado no hace su efecto de manera inmediata sino que es un factor progresivo que se irá manifestando con los días, a medida que es asimilada por las células de la epidermis.
-Aha, me gusta, me noto más…
-Sexy?
-Bueno, es una forma vulgar de decirlo, pero sí, eso también. Yo diría que irresistible, pero vaya. Ha hecho un gran trabajo doctor, siento haber dudado de usted
-No se preocupe, lo importante es que nuestros clientes queden satisfechos. Y como le comentaba, todavía se encontrará usted mejor a medida que pasen los días. En pocas palabras, creo que me estará usted eternamente agradecida, perdone el atrevimiento
-Se lo perdono. Y es más, espero que así sea
-Por supuesto que sí. Le recuerdo que es necesario que se pase por nuestra consulta dentro de una semana, un simple chequeo para certificar que todo ha ido bien, que la sustancia se ha distribuido de manera uniforme y que no hay zonas de clarooscuro, ya le digo que es una simple formalidad, sólo queremos minimizar el riesgo al 0%, porque a la vista está que todo ha ido sobre ruedas.

A medida que fueron trancurriendo los días, la señorita Pepis, lejos de encontrarse más joven y hermosa, se sentía cada vez más rara. Empezaba a dudar de si sería algo físico o simplemente que se estaba emparayonando. Porque ella era muy dada a crearse fantasías, de hecho las películas de terror siempre le afectaban sobremanera y luego al menor indicio creía convertirse en la protagonista de cualquiera de las que había visto. Los síntomas que tenía le recordaban a una de aquellas en blanco y negro en la que el actor empezaba a transformarse en un ser abominable despúes de que en un laboratorio le hubiesen contagiado una terrible enfermedad, finalmente el hombre acababa convertido en un monstruo horrible que arrasaba media ciudad hasta que lo abatían a tiros, como al pobre de King Kong.

Empezaba a creer que el incompetente del doctor le había inseminado una sustancia errónea, por despiste, lógicamente. Porque el doctor era toda una eminencia en la materia, así que tenía que tratarse sin duda de un despiste, esas cosas pasan con los grandes genios más a menudo de lo que la gente se cree, el exceso de confianza puede jugar muy malas pasadas. También barajaba la hipótesis de que el muy estúpido le habiera introducido más líquido regenerador del que realmente era necesario, aconsejable o incluso prudente. Como quiera que todos estos lúgubres pensamientos empezaban a hacer mella en ella, perturbándola sobremanera, se decidió a llamar a la clínica y así despejar, esperaba, todas las dudas que se asentaban en su atormentado cerebro.

-Doctor, tengo a la señortia Pepis al aparato
-La revisión no es hasta la semana que viene
-Lo sé, lo tengo anotado. Pero insiste en que tiene dudas y necesita hablar con usted
-Dudas? Pero acaso se cree que esto es la consulta del siquitra? Si no estaba segura que no se hubiese sometido al tratamiento, lo que me faltaba por oir, por favor. Deshágase de ella y dígale que la veré gustosamente la semana que viene
-Bien, doctor

....

-Sí?
-Doctor, siento importunarle otra vez
-Qué pasa ahora?
-Es la señorita Pepis
-Pero no le dije...?
-Lo siento, dice que o habla con usted o que se presenta inmediatamente en la consulta
-No me lo puedo creer. Pásemela, joder! – mientras el doctor juraba en arameo se oyó el clic del teléfono al dar paso a la nueva línea
-Doctor?
-Hola querida, cómo se encuentra usted? En qué puedo servirle?
-Le seré sincera, creo que algo ha ido mal con el tratamiento
-Por qué dice eso? Ya le había comentado el día que estuvo aquí que todo había salido a pedir de boca, no hay motivo para preocuparse
-Pero doctor, yo percibo síntomas que me inquietan
-A ver, dígame
-Pues noto como si tuviese la cara ardiendo, como si hubiese una parte de mi en pleno proceso de transformación, algo... latente
-Pero querida amiga, eso es de lo más normal. Mire, se lo explicaré como si fuera un niño, perdóneme la confianza, para que lo entienda perfectamente
-Por favor, adelante
-Seguramente usted recuerde cuando era un niña haberse caído, lastimándose un brazo o una rodilla. Ya sabe, la típica raspadura que nos hemos hecho todos de pequeños, esa que nuestros padres desinfectaban con alcohol y a la que luego le aplicaban un ungüento sanador
-No veo a dónde quiere ir a parar...
-Espere. Verdad que cuando le aplicaban el ungüento, llámese mercromina o lo que sea, le picaba, le escocía en la herida y entonces su papá le decía que aquello estaba bien , que significaba que estaba sanando, que estaba matando los bichos malos?
-Me quiere decir que me está matando algo que tengo dentro?
-No es así... tan rudo, digamos. Lo que quiero decir es que el NH3-cromo que le hemos aplicado está haciendo su efecto, que no es otro que rejuvenecer las celulas de su epidermis y eliminar aquellas sustancias, lípidos y manchas, que afean su rostro. Entiende? Es la prueba de que el líquido está funcionando, de ahí esos calores que siente. Cuando venga la semana que viene para la revisión se encontrará ya más aliviada, y por supuesto mucho más joven
-No sé doctor, siento como si me quemase
-Pues es que tiene que ser así. No le dé más vueltas, está usted camino de convertirse en una criatura todavía más hermosa de lo que ya es
-Gracias doctor, no sé como se lo podré pagar
-No diga tonterías, ya ha pagado usted y por adelantado – dijo co un tono de complicidad en la voz
-Bien, gracias, pues entonces hasta la semana que viene
-Nos vemos, querida, no se preocupe
-Adiós


-Samantha?
-Dígame doctor
-Sí vuelve a llamar la señorita Pepis dígale que no me encuentro en la consulta
-Así lo haré


Pero la señorita Pepis no volvió a llamar. De una manera u otra consiguió llegar hasta el día de la cita para la revisión, ya fuese aguantandose el dolor, la preocupación o porque verdaderamente se encontraba mejor. Eso sí, el día de la revisión apareció puntualmente.

-Doctor, la señorita Pepis está aquí
-Bien, dígale que espere un momento, enseguida salgo a recibirla

Al colgar el aparato, oyó a través de la fina puerta de contrachapado un ruído similar al de una explosión sofocada, algo así como el que habría hecho un petardo al estallar dentro de un cajón. Sin embargo, no le dió más importancia, sería cualquier cosa que se habría caído al suelo. El doctor se levantó y se fue hasta el archivador detrás de su escritorio para hacerse con el expediente de la señorita Pepis. Lo abrió y lo ojeó un rato, todo parecía normal, salvo que la tal Pepis estaba como un tren. Quizás debería haberla tratado con más mimo cuando lo llamó la semana pasada, pensó para sus adentros, bueno todavía se podría arreglar, de hecho estaba al otro lado de la puerta, un poco de galantería y seguro que podría conseguir una cita para cenar en un romántico restaurante. Con estos pensamientos, rebosante de optimismo y confianza, cruzó la habitación y abrió la puerta que daba a la sala de espera. Lo que vió le hizo cambiar rápidamente sus planes para con aquella señora o lo qué demonios fuera. En  la mesa de su secretaria los papeles ardían y el ordenador echaba chispas y un humo negro que se extendía por la habitación como un reguero de pólvora, pero lo más desconcertante era que el sillón que debía estar ocupado por Samantha, su secretaría, mostraba solamente un montón de escombros humeantes e incandescentes que desprendían un olor nauseabundo, como a algo que ha sido calentado a una temperatura excesiva durante demasiado tiempo. No podía creer que aquello que estaba allí fuesen los restos de Samantha, tenía que tratarse de una broma de mal gusto y el culpable iba a pagar por ello.

Giró la cabeza, buscando una explicación, así como la presencia de Samantha y, por supuesto, de la buenorra de Pepis. Pero no encontró exactamente lo que esperaba. A su izquierda estaba, efectivamente, el cuerpo sensual que recordaba de su paciente, vestida de minifalda de cuero marrón, con botas altas hasta la rodilla, exihibiendo una generosa parte del delicioso muslamen. De cintura para arriba la perspectiva no podía ser mejor, con una blusa muy ajustada y adecuadamente desabotonada para dejar entrever unos senos firmes y bien moldeados. Sin embargo, su mandíbula se desencajó al observar el rostro de la supuesta paciente. Eran dos ojos bañados en un mar de llamas, literalmente. Lo más escalofriante es que los ojos parecían estar incandescentes, como si el resto del rostro fuese de hielo y ellos estuviesen ardiendo.

-Pero... –consiguió únicamente articular el doctor
-Pero? Cojones! Así que todo era normal, verdad tuercebotas?
-Pero cómo...?
-No lo sé, pero sabe qué? Esto parece solo el principio – dijo la mujer con una voz poderosa y sensual que el doctor apenas reconocía en la antaño dubitativa mujer
-Qué quiere decir?
-Quiero decir, imbécil, que esto no se va a detener aquí. Noto como todo mi cuerpo está ardiendo, igual que cuando le llamé la semana pasada toda angustiada. Pero para un inútil como usted todo era normal. Aquí está el resultado. Y sabe lo mejor? – dijo la mujer con un sonrisa perturbadora pintada en las llamas que formaban su rosotro- Que me gusta. Sí, me gusta mucho, muchísimo. Nunca me había sentido tan segura y deshinbida, con tanta confianza... siento... como si nada ni nadie pudiera detenerme, lo entiende? Quiere que se lo demuestre?
-Pero...
-Ni peros ni nada, es lo menos que puedo hacer para agradecerle los servicios prestados...


Dicho eso, la mujer abrió lo que debiera ser el orificio de su boca y de ella salió a gran velocidad una llamarada de un rojo intenso que enseguida subió la temperatura de la habitación varios cientos de grados, en cuestión de segundos. Como si fuese una tea, el doctor empezó a arder, consumiéndose por momentos, cayendo de rodillas y ahogando un grito de agonía que apenas tuvo tiempo de emitir con su garganta desintegrándose por la combustión.

-No pasa nada doctor, es normal, ya lo verá...jajajaja

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