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martes, 10 de diciembre de 2013

El infierno (capítulo 15)

La oscuridad era absoluta, impenetrable y aterradora. Recordaba que de pequeño tenía miedo a quedarse solo en su habitación, era hijo único, y su madre siempre se sentaba al borde de la cama insuflándole ánimos, convenciéndolo de que nada iba a pasar, que al cabo de unas horas se levantaría descansado y preparado para iniciar un nuevo y glorioso día. Pero él temía a la noche. Quizás fueran los terroríficas historias que contaban sus compañeros de clase, los cuentos que había leído o las películas que había visto, pero lo cierto es que la noche le causaba auténtico pavor y no podía reprimir el deseo de salir corriendo e irse a refugiar entre los brazos de su madre. Temía ser el protagionista de agónicas historias que siempre comenzaban con el apagón de las luces y los seres malignos campando a sus anchas en la oscuridad. Así, finalmente, su madre siempre se daba por vencida y le dejaba encendida la luz del pasillo, con la puerta entreabierta. A través de esa rendija de luz se disipaban las sombras y sus temores desaparecían, siempre se podía asir a esa luz para huir en caso de que fuera necesario, pero tal cosa nunca había sucedido y por tanto dormía a pierna suelta.

No recordaba cuantos años habían transcurrido hasta que por fin su madre dejó de darle mimos y pudo dormir sin necesidad de luz artificial alguna. Pero se daba cuenta de que había necesitado mucho tiempo, nunca se lo había contado a sus compañeros para no ser objeto de burlas, y en el fondo era consciente de que en su interior todavía anidaba un aleteo de temor, un pulso irrefrenable dirigido hacia lo misterioso, a lo insondable y a lo que habitase en las tinieblas. Jamás se lo había confesado a nadie, pero estaba seguro de que ese miedo seguía ahí, agazapado, esperando su oportunidad, como la bestia que duerme miles de años hasta que unos estúpidos turistas la vuelven a la vida mientras hacen una barbacoa o se sacan unas fotos. Eso estaba ahí.

Y el día del despertar había llegado. No había sido en su vida terrenal, sino en el otro mundo donde ese temor volvió  a manifestarse con toda intensidad, devolviéndolo a su infancia, indefenso y acobardado.

El miedo agudizaba sus sentidos, al menos al principio. Trató de percibir sonidos, alguna luz, algo que le diese una pista del lugar en que se encontraba. Poco a poco fue serenando su espíritu, consciente de que la histeria no le conduciría a nada bueno Y así fue haciendo un descubrimiento tras otro. En primer lugar, estaba encadenado, por decirlo de alguna forma. Realmente no podía percibir ningún tipo de eslabón o de cuerda que lo sujetase, pero si estaba inmovilizado, totalmente, como si su cuerpo fuese una sola pieza, no podía articular movimiento alguno. Se parecía más a algún tipo de atracción magnéctica, como si un imán enorme lo succionase hacia la superficie que se hallaba a su espalda. Una superficie rugosa y fría, húmeda e inquietante.
                                                                                                   
Lo siguiente que captaron sus abotargados sentidos fueron el olor fétido. Hasta ahora el infierno le había parecido incluso un sitio agradable, nada que ver con las imágenes apocalípticas que normalmente las distintas religiones le trataban de incrustar a uno en la cabeza. El concepto del infierno es el mismo en todas las prácticas religiosas, un lugar aborrecible, de sufrimiento continuo, justo lo contrario al paraiso, el lugar al que nadie quiere ir, lo suficientemente desagradable como para que uno se lo piense antes de hacer el mal. En su opinión, esa idea del infierno, fuese o no real, siempre había sido un mito y algo que además el hombre no necesitaba. Lo que aterra a la humanidad no es la visión del infierno, lo que realmente angustia al hombre es no despertarse, la nada, el vacío, que no haya nada más allá de la muerte, o en el mejor de los casos que una vez despiertos la soledad sea abosulta. Por eso, la idea del infierno como reclamo publicitario siempre le había parecido de todo punto necia e innecesaria. Véndele una vida mejor a tus fieles y tendrás el templo lleno. Pero las religiones no lo sabían hacer por las buenas, siempre tenían que recurrir al miedo y al dolor del infierno.

Pues bien, ahora sí que percibía mediante el olfato esa imagen putrefacta del infierno. Un hedor como de millones de moscas buceando entre cuerpos desmembrados, chupando jugos y depositando huevos de los que saldrían larvas, multiplicándose por millones, inundando de bacterias y de inmundicia todo a su alrededor. Un olor que era algo más que una sensanción olfativa, era espeso, se pegaba a la piel, se diría que lo podía tocar y sostenerlo entre las llemas de sus dedos. Luego llegó de repente, sin aviso, la segunda oleada olfativa. Excrementos, protuberancias gelatinosas y residuos madurados en su degeneración durante siglos, la materia que subyace bajo todo lo vivo, lo que alimenta a los gusanos, a las plantas o a lo que quiera que estuviese vivo allí, lo más bajo de la cadena vital. La podredumbre en estado puro, un clima sofocante e irrespirable, que le nublaba el intelecto y no le dejaba pensar, que le producía arcadas a pesar de que no había probado bocado desde su llegada al averno. La sensanción de encontrarse sumergido en el desecho de los desechos, buceando en la estercolera más despreciable y nauseabunda que uno pudiera imaginar. Sentía por momentos como la cabeza le daba vueltas, mientras el estómago se revelaba y las piernas temblaban insitintivamente, era un hedor que le comía a uno las entrañas. Trató de echarse la mano a la nariz, pero el campo energético o esa fuerza invisible que lo sujetaba se lo impedía.

Su desesperación iba en aumento. Sus pesadillas infantiles se habían hecho realidad y se encontraba sumergido en la realidad más tenebrosa y desquiciante, multiplicados sus temores miles de veces. Su aprensión se multiplicaba por el silencio reinante. El silencio de la muerte, de la ausencia total de movimiento, de un mínimo aleteo vital... Él solo frente a la oscuridad, frente a.... Ahora lo comprendía, todo esa negrura impenetrable y ese olor indescriptible no eran ni más ni menos que el olor y la visión de la MUERTE en estado puro, su manifestación primigenia y esencial.

Las preguntas se agolpaban en su cerebro. Era esta la verdadera muerte? Por fin había muerto de verdad? Cómo era posible que hace solo lo que le parecían horas estuviese disfrutando de los placeres de la carne y ahora se encontrase en esta situación? Quién le había arrastrado hasta allí? Por qué?

No encontraba respuesta a ninguna de estas preguntas. Pero las naúseas y el pánico seguían haciendo presa en él. De repente forzaba la vista, abriendo muchós los párpados, tratando de captar algún tipo de imagen, aprestaba el oído intentando pericibir algún sonido proveniente de la espesura de silencio que se abría entorno suyo. Pero todo era inútil. Se le ocurrió entonces gritar, no diría pedir auxilio, sería ridículo pensar que alguien le podría socorrer en medio de toda esa inmundicia, quién lo había inmovilizado allí tenía la situación bajo control, eso estaba más que claro. Pero al menos trataría de buscar el consuelo de otra víctima junto a él, otro condenado al mismo suplicio, de manera que entre los dos pudiesen sobrellevar mejor el terror y el aislamiento del resto del... mundo o de la vida?

Pero su esperanza solo redundo en un nuevo fracaso y una puñalada a su ya debilitada esperanza. A pesar de que habría la boca no conseguía articular sonido alguno. Intentaba hacer trabajar a sus cuerdas vocales pero todo era en vano, era como si se las hubiesen estirpado, como si en su garganta hubiese un vacío, igual que el de fuera, negro y espeso. Que más le podían quitar? La muerte? Porque si esta era la vida que le esperaba en adelante prefería morir mil veces y acabar de una vez con todo. Era la muerte un castigo? La negación de la vida? El ponerla a tu alcance para que saborees lo que nunca volverás a tener? Su mente desvariaba, los efluvios que se introducían por sus poros empezaban, pensaba, a hacer mella en él. La agonía absoluta, la desesperación, el eclipse de la razón, el brotar de la locura. Ese era el siguiente abismo al que se asomaba sin remedio, la locura.

Y quizás fuese mejor así. Al menos no sería consciente de todo el sufrimiento y la paranoya que le rodeaba. Y justo cuando pensaba que el manto de la locura empezaba a cubrirle, un haz de luz muy tenue pareció abrirse ante él en medio de la negrura. Iba ganando en intensidad muy poco a poco, diríase que lo tenía justo a centímetros de su propio cuerpo, literalmente pegado a él, como millones de electrones que se iban uniendo lenta e inexorablemente, formando algo... adquiriendo una morfología...

Pasaban los minutos, las horas, los días quizás, y el fenómeno luminoso seguía su curso. No sabía si estaba soñando o era sólo fruto de su imaginación o su desesperación, pero juraría que los puntos de luz que tenía frente a él estaban alineándose con un orden premeditado, dibujando algo, algo... característico. Y entonces poco a poco lo fue viendo, o soñando, primero una mano, luego un brazo, unas caderas pronunciadas, unas piernas largas y estilizadas, unos pechos voluptuosos y por fin una cabeza geométricamente perfecta! Ahora la luminosidad había alcanzado todo su esplendor y lo que veía era una figura escultural, de una mujer de inenarrable belleza, que mostraba poder y fuerza, sensualidad incontenible, pero no paz, sino furia.


- Ahora me empiezas a entender, pequeño bastardo – era una voz femenina, la más erótica que había escuchado nunca, todos los pelos de su cuerpo se erizaban con sus sibilantes susurros – Ahora sabes el precio a pagar por fallarme.

To be continued...

2 comentarios:

  1. muy creativa y revolucionaria tu obra, hay que publicarla.

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  2. En un principio no pensaba alargarla tanto, pero se fue dilatando y ahí estamos. Traoto de darle a cada capítulo un enfoque diferente, conectado con los demás, pero con un sentido propio, como si fuese al mismo tiempo otra historia. Una ida de olla en toda regla.

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